viernes, 25 de febrero de 2011

Efímera laguna...

Voy entrenando por la playa, el sol me da en la cara, el sonido de mis pisadas se enredan con las olas que se encuentran, al morir en la playa, con el viento de levante, entorno los ojos, millones de reflejos brillantes me muestran el universo de arena que piso, la soledad en la naturaleza te hace encontrar aquello que se pierde entre tanto barullo, tantas palabras y confusión. Todo lo que veo es perfecto.
Llego a la Punta del Boquerón, siento el impulso de visitar la Gran Duna y me encuentro con una laguna de agua limpia, es una laguna efímera, se ve como ha menguado en las circunvoluciones que la orilla deja en la arena, está junto debajo de la Grande, la subo con respeto, como quien visita la casa de un viejo amigo. Arriba paro el reloj, no sirve en este sitio, dejo que mi mente se marche, medito en el paisaje que se abre ante mí...mis ojos advierten pequeños aludes de tamaño de un puñadito de arena que se deslizan duna abajo, rellenando pequeños huecos, abajo el viento suave de levante hace nacer infinitas pequeñas ondas, pequeñas olas que se pierden en el fondo de la efímera laguna, me doy cuenta de que estoy ante algo especial, un sonido me hace girar la cabeza, a mi derecha a unos metros un conejo se ha quedado quieto, parece no haberme advertido, vuelve la cabeza, el viento hace que no me haya olido, me mira un segundo, nuestra miradas se cruzan, se marcha, miro de nuevo las pequeñas olas y me imagino que son las almas de las personas que nacen y mueren para volver a nacer y morir, todas forman parte de la masa de agua que les da vida, se diferencian durante un pequeño espacio de tiempo y se disuelven una y otra vez. Una lágrima me recorre la mejilla; soy un ser afortunado.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

miércoles, 23 de febrero de 2011

La tormenta...

"La Actitud Durante la Tormenta
Existe lo que se llama la actitud durante la tormenta. Cuando uno es sorprendido por una repentina tormenta, se puede o bien correr lo más aprisa posible o bien colocarse rápidamente bajo los aleros de las casas que bordean el camino. De todos modos nos mojaremos. Si uno ya estuviera preparado mentalmente a la idea de estar mojado, se estaría a fin de cuentas muy poco contrariado con la llegada de la lluvia. Se puede aplicar este principio con provecho en todas las situaciones.
Hagakuré

Cuando algo malo le ocurre a alguien cercano algo se mueve dentro. Dos amigos libran una dura batalla contra la enfermedad. Entiendo que son enseñanzas que hay que aprehender de forma clara y simple. De nada valen las lamentaciones aunque lloremos, de nada vale que el dolor se convierta en sufrimiento. La tormenta acabará por alcanzarnos a todos y, cuando eso ocurra, nuestra actitud ha de ser la correcta.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

viernes, 18 de febrero de 2011

El deseo y la acción...

"asi como es tu mayor deseo es tu intención,
Como es tu intención es tu voluntad.
Como es tu voluntad son tus acciones.
Como son tus acciones es tu DESTINO"
UPANISHAD

Vamos avanzando por caminos desconocidos, pequeñas sincronías, coincidencias nos hacen ir de un sitio a otro en la vida. Un deseo, una intención, una voluntad que se manifiesta en actos, en experiencia; se ha producido, entonces, el milagro de algo etéreo, inconsistente como es el pensamiento y lo que lo antecede, se materializa la experiencia.

Todo empezó hace ya tiempo en el Sur de Marruecos, algo se removió dentro, desde entonces muchas cosas y personas se han sincronizado. Cuando operas, actúas dentro de la Gran Corriente todo es más fácil. Dije que volvería y lo he hecho pero de otra forma.

He vuelto de Marruecos, vengo aún más motivado para trabajar duro, en el pueblo de Jemaa Sahim hay muchos niños y se puede ayudar mucho. He aprendido mucho en estos días; las personas que me han acogido en sus casas me han enseñado algunas buenas lecciones.

Es bueno mirarte en tu hermano, ver la imagen en el espejo...es bueno ver otras realidades y volver aqui con un poco más de "visión".

Como en las ultramaratones un paso nos lleva al otro, con paciencia, humildad y trabajo el deseo se convierte en realidad.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

domingo, 26 de diciembre de 2010

Cadenas...

Cadenas.

“Lo verdaderamente importante no es si uno tiene miedo o no, sino lo que uno hace con su cobardía. Puedes entregarte a ella atado de pies y manos, como un preso. O puedes intentar enfrentarte a ella”

Urbano, en el Corazón del Tártaro. DE ROSA REGÁS.

Algo se quema, pensó. Miró hacia la carretera que cruzaba cerca de su casa y pudo ver una columna de humo que se elevaba. Su atención se posó como una mariposa juguetona en sus manos, el sudor que las humedecía le avisaba que los síntomas habían comenzado.

Hace años que arrastraba aquella carga; recordaba como su primer ataque de pánico le golpeo como una maza. Se encontraba en la calle cuando, de repente, sintió que el mundo se convertía en algo irreal, algo huidizo que se desdibujaba en sus retinas, sintiéndose morir se dio cuenta de que corría, la gente la miraba como quien mira al que ha perdido la razón. Cuando se dio cuenta estaba en su casa con un miedo atroz a salir a la calle, en casa se sentía segura, podía respirar más tranquila. Aquella falsa tranquilidad se fue convirtiendo en la tranquilidad de un mausoleo. Simplemente fue dejando de vivir, poco a poco fue cediendo terreno, primero dejó de ir sola a los sitios, subir en autobuses, trenes por último dejó de conducir. Recluida en su casa, muerta en vida, así se sentía. Fue al médico que le recetó una medicación, ella se la tomaba disciplinadamente; no mejoró. Los ataques seguían sucediéndose en cuanto intentaba exponerse a la vida normal.

Cuando empezó a trabajar con aquel psicólogo lo hizo por su familia, ella había perdido la esperanza, demasiadas horas de desesperación, frustración y enfado. Trabajo, esfuerzo y coraje esas fueron las palabras que le dijo su psicólogo, era aquello lo que le ayudaría a salir del pozo en el que estaba.

Poco a poco vinieron las tareas que, gradualmente, la iban exponiendo a sus temores más profundos; llegaron las sesiones en las que tuvo que comprender lo que nadie se había molestado en contarle. Supo lo que le estaba pasando, cómo se inició y como se mantenía el monstruo interior que la tenía prisionera.

Miraba al cielo azul y respiraba de la manera que le habían enseñado, ahora entendía lo del coraje, tenía que empezar su tarea diaria. Como el que tiene que aprender a andar después de una larga permanencia en una silla de ruedas, así se sentía ella. Lo que era normal para todo el mundo, lo que antes lo era para ella: salir a la calle, andar por ella, sin sentir que el suelo se abría bajo sus pies. Paso a paso se iba abriendo camino entre la gente, sabía que tenía que ir conquistando palmo a palmo el terreno perdido, ya estaba cerca de la primera esquina, después vendrían tres más, en cada una de ellas se tendría que parar, mirar atrás y seguir adelante. Desde la otra acera le llegó el saludo de su amiga que, maletín en mano se introducía en un taxi.

Un día más había llegado hasta el final, mañana volvería a salir a la calle, volvería a enfrentarse con sus miedos. Al llegar al portal de su casa se sintió como una exploradora que había llegado hasta un lugar remoto. Una creciente satisfacción, una fuerte sensación de autorrealización se fue instalando en ella; definitivamente su psicólogo tenía razón cuando decía que, en gran medida la felicidad consiste en saberse en el camino adecuado, sea cual sea la dirección y la meta a la que queremos llegar. Sintió, como si de una sensación física se tratara, como si uno de los eslabones de la cadena que le ataban se abriera, su cadena era hoy un poco menos pesada.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

jueves, 16 de diciembre de 2010

Destellos...

Destellos.

Y DIJO UNA MUJER: Háblanos del Dolor.

Y él respondió:

Vuestro dolor es la fractura de la cáscara que

envuelve vuestro entendimiento.

Así como el hueso del fruto debe quebrarse para

que su corazón se exponga al sol, así debéis conocer el

dolor.

Si vuestro corazón pudiese vivir siempre deslumbrado

ante el milagro cotidiano, vuestro dolor no

os parecería menos maravilloso que vuestra alegría.

Y aceptaríais las estaciones de vuestro corazón, como

siempre habéis aceptado las estaciones que experimentan

vuestros campos.

Y contemplaríais serenamente los inviernos de

vuestra aflicción.

Gran parte de vuestro sufrimiento es por vosotros

mismos escogido.

El profeta

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

Cuando llegaron no había nada que hacer, aquel pobre tipo yacía inanimado en aquel descampado, le habían dado una buena paliza. Probablemente uno de los golpes había provocado una hemorragia interna. Miró a sus compañeros y les hizo una seña. Se quedó unos instantes mirando el cuerpo, en su cara había una extraña expresión. Estaba acostumbrado a ver las distintas caras de la muerte. El turno acababa de empezar y no lo había hecho especialmente bien. Después de un rato en el que hablaron con la policía que había llegado un poco después que ellos se montaron en la ambulancia y se marcharon.

Llevaba varios años en este trabajo, al principio pensaba que los compañeros que decían estar quemados eran unos blandos, él no se sentía así, pero los años habían pasado, muchas horas en este trabajo que, en ocasiones, era lo más parecido a una montaña rusa. El dolor ajeno te va marcando, lentamente al principio, luego cada cara te deja una marca en tu cerebro, al menos era lo que él sentía.

Desde que había acabado la carrera de enfermería lo había tenido claro, el trabajo que le gustaba era de calle, de contacto con lo extremo, allí donde podría sentirse más útil.

Antonio, el conductor bromeaba en la lejanía, sumido en sus pensamientos se sentía a mil kilómetros de allí; en los últimos tiempos le habían dicho varias compañeros que le notaban extraño, la verdad es que no estaba pasando por sus mejores momentos. Sentía un malestar que en ocasiones llegaba a ser físico, no acababa de desconectar, cuando se marchaba a su casa las escenas que, en otro tiempo, no le afectaban le rondaban la cabeza, le taladraban su cerebro como una broca.

Otra llamada, algo se tensó dentro de su interior, un accidente múltiple, la ambulancia dio un tirón fruto de la aceleración, podía ver las caras de los conductores que se apartaban al sentir como se acercaban, de forma experta el conductor sorteaba los vehículos, lo miró atentamente, era la imagen de la concentración. Una larga retención, al fondo una columna de humo negro, otro acelerón, un conductor despistado que se cruza y el juramento seguido del frenazo. Llegaron y salieron a todo correr de la ambulancia, había tres coches implicados, uno de ellos estaba ardiendo, unos conductores intentaban con poco éxito apagar el fuego con unos extintores de bolsillo, el fuego devoraba el vehículo. Rápidamente se repartieron para valorar la situación, la peor parte se la había llevado un coche de color rojo, imposible saber que marca era, dentro, el conductor, entre los amasijos de hierros retorcidos estaba completamente inmóvil, detrás una niña de unos diez años, atrapada, tenía los ojos muy abiertos, estaba atrapada de tal manera que su cabeza miraba al techo del vehículo, no paraba de llamar a su padre, era imposible que pudiera verlo. Se Su compañero se acercó al padre y le hizo una señal negativa, él se encargo de la niña, de cintura para abajo estaba atrapada y una gran mancha de sangre se extendía por sus piernas. Lo primero era estabilizarla, mientras trabajaba, le hablaba, intentaba tranquilizarla, no le gustaba como pintaba, deseó que llegaran los bomberos para excarcelarla, era muy difícil trabajar en la postura en la que estaba. La niña, ahora sólo susurraba algo ininteligible, empeoraba, no le quedaba mucho tiempo si no era atendida de otra manera. Se oyó una explosión y un gran destello le cegó momentáneamente, oyó como le decían que saliera del coche, tenía una posición extraña, metido en la parte de detrás de lo que fuera el habitáculo, su cara estaba muy cerca de la de la niña. Abrió los ojos y le dijo: “tengo miedo, papá no contesta, no me dejes ¿vale?”, lo dijo muy bajito; los gritos, el humo que les hacía toser, su pequeña mano en la suya. Va a explotar, pensó, esto va explotar, eso era lo que los gritos decían, estaba muy lejos de los de fuera, muy lejos, allí, en aquel lugar del mundo todo lo que tenía sentido era aquella pequeña mano en la suya, sintió el calor, el fuego que no podía ver había llegado, miró de reojo hacia fuera y pudo ver a través de las llamas a sus compañeros que, desesperados, le gritaban algo que ya no podía escuchar. Supo que no saldría vivo de allí.

- No me dejes sola.

- No me iré de aquí preciosa, no me iré.

Una llamarada se elevó por encima de las cabezas de los que miraban la escena aterrorizados, sus compañeros se miraron impotentes mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.


Sed felices o, al menos, intentadlo...

jueves, 11 de noviembre de 2010

Algo bueno


Algo bueno.

Hay principios eternos que no admiten compromiso, y el hombre debe estar dis­puesto a sacrificar su vida en defensa de esos principios

M. Gandhi

Se notaba inquieto, no había tenido una buena noche, se dirigía a casa de un colega que pasaba por buenos momentos en cuanto al dinero, al menos mejores que él. Le pediría un poco de pasta para poder pillar algo que le calmara. Llevaba muchos años metido en esto, se daba cuenta, en los momentos de mayor lucidez, de que su vida se iba disolviendo, muchos del barrio habían muerto, con resignación se plegaba a la dictadura de la droga.

No vio las piernas estiradas de la chica que miraba al cielo, al tropezar la miró, ¡qué tía más guapa! Ella no llegó a ver su sonrisa, mejor dicho la mueca que amablemente esbozó a modo de disculpa, era tan rápido el paso que llevaba.

Al salir de aquella plaza se dirigió a los suburbios, allí donde se podía comprar un poco de felicidad. Cuando iba cruzando un descampado oyó unos gritos, eso no le inquietó lo más mínimo, si algo se oían por esos lugares eran gritos y broncas. Siguió con su paso rápido, los hombros hundidos, las manos metidas en lo profundo de sus bolsillos, su ropa le quedaba muy grande, cada vez más delgado, más demacrado, nadie podría decir que no había llegado a los treinta años. Los gritos, esta vez, llamaron su atención, había algo en ellos que les hacía distintos. Se fijó bien, acercándose un poco y alejándose de su ruta, algo le decía en su interior que se quitara del medio, si algo había aprendido es que cada cual se apañara como pudiera.

La chica no dejaba de gritar, tendría unos 16 años, la camiseta la tenía subida y le tapaba parte de la boca, dejando los pechos al aire, tres chicos encima de ella, estaba encima de unos cartones, dos de ellos la aguantaban mientras jaleaban al tercero que intentaba, sin mucho éxito, penetrarla, podía oir lo que decían: “estate quieta puta, esto es lo que querías ¿no?, ahora te estás quieta hasta que acabemos”.

Cuando se dio cuenta iba corriendo hacia ellos, había cogido un palo del suelo, empezó a gritarles, ellos, al verse sorprendidos se volvieron a ver qué pasaba, cuando se dieron cuenta él ya estaba encima, al que estaba echado sobre ella le dio un palo en la espalda, el grito fue desgarrador, se había curtido en muchas peleas, sabía donde tenía que dar. La chica quedó libre por unos instantes que aprovechó para salir corriendo en silencio, simplemente se escabulló, mientras corría pudo ver como sus tres asquerosos compañeros de instituto se liaban a golpes con su salvador, miró atrás sin dejar de correr.

Cuando dejó de moverse lo dejaron, se miraron a la cara los tres y, sin mediar palabra, salieron disparados, cada uno en una dirección diferente, como si no quisieran saber nada uno de otro.

Estaba tumbado boca arriba, una especie de sopor le estaba embargando, era como otras veces en las que la droga le hacía volar a lugares tranquilos, se acordó de su madre, siempre intentó ayudarle, salir de aquello en lo que un día se metió. Tomó conciencia de que si cerraba los ojos, quizás no los abriría más, intentaba no cerrarlos pero la sangre enturbiaba su mirada, en aquel descampado sabía que nadie lo encontraría, al menos vivo. Se sentía sereno, no sentía las piernas, casi no sentía nada. Pensó que su vida había sido un desastre pero, al menos, había hecho algo bueno al final de ella.

Hacía mucho tiempo que no veía un cielo tan bonito. Sus pulmones se llenaron de aire, los ojos se le llenaron de azul justo antes de cerrarse.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Historia de un sueño...

Interrumpo los relatos para reproducir, con su permiso, una entrada en el diario de campo de Tureya...

¿ Quieres saber donde empieza esta historia?
Esta historia empieza en algún pueblo perdido en la inmensidad del África más profunda.
Esta historia empieza cuando unos padres deciden trabajar de sol a sol durante toda la vida para conseguir el dinero suficiente, así de a poquito hasta que su hijo sea mayor y con un poco de suerte sea más valiente que ellos y decida dejar el pueblo en busca de una vida mejor.
Y él lo decidió, decidió saltar la barrera del miedo y del conformismo.
Sus padres locos de alegría, todo el pueblo le desea lo mejor para su nueva vida.
Y él se fué, se fué y pasaron dos penosos años en los que atravesó cientos de kilometros y pasó infinitas miserias, solo calentadas por alguna sonrisa fugaz.
Y lo consiguió, él lo consiguió, tuvo que poner todo su dinero y sus fuerzas, pero merecía la pena. ¡Estaba en el mar!
De pronto una luz, un barco grande, miradas nerviosas y un destello de luz en una mirada herida...
La mirada que puedes ver no era así hace dos años cuando él decidió que su vida iba a cambiar, cuando él y solo él decidió dejar atrás su pueblo e ir en busca de sus derechos
¿Quién soy yo, quién eres tú para juzgar si está bien o está mal?
Él no pensó en el miedo, el miedo que habla por nosotros a través de nuestros ojos, de nuestras manos.
Yo no le doy cabida en mí, no le permito vivir en mi interior
Ojalá hermano encuentres lo que buscas en este país, si no es así yo te ofrezco lo que tengo, mis brazos abiertos y mi sonrisa...

Sed felices o, al menos, intentadlo...