
viernes, 25 de febrero de 2011
Efímera laguna...

miércoles, 23 de febrero de 2011
La tormenta...

Existe lo que se llama la actitud durante la tormenta. Cuando uno es sorprendido por una repentina tormenta, se puede o bien correr lo más aprisa posible o bien colocarse rápidamente bajo los aleros de las casas que bordean el camino. De todos modos nos mojaremos. Si uno ya estuviera preparado mentalmente a la idea de estar mojado, se estaría a fin de cuentas muy poco contrariado con la llegada de la lluvia. Se puede aplicar este principio con provecho en todas las situaciones.
viernes, 18 de febrero de 2011
El deseo y la acción...
"asi como es tu mayor deseo es tu intención,domingo, 26 de diciembre de 2010
Cadenas...

Cadenas.
“Lo verdaderamente importante no es si uno tiene miedo o no, sino lo que uno hace con su cobardía. Puedes entregarte a ella atado de pies y manos, como un preso. O puedes intentar enfrentarte a ella”
Urbano, en el Corazón del Tártaro. DE ROSA REGÁS.
Algo se quema, pensó. Miró hacia la carretera que cruzaba cerca de su casa y pudo ver una columna de humo que se elevaba. Su atención se posó como una mariposa juguetona en sus manos, el sudor que las humedecía le avisaba que los síntomas habían comenzado.
Hace años que arrastraba aquella carga; recordaba como su primer ataque de pánico le golpeo como una maza. Se encontraba en la calle cuando, de repente, sintió que el mundo se convertía en algo irreal, algo huidizo que se desdibujaba en sus retinas, sintiéndose morir se dio cuenta de que corría, la gente la miraba como quien mira al que ha perdido la razón. Cuando se dio cuenta estaba en su casa con un miedo atroz a salir a la calle, en casa se sentía segura, podía respirar más tranquila. Aquella falsa tranquilidad se fue convirtiendo en la tranquilidad de un mausoleo. Simplemente fue dejando de vivir, poco a poco fue cediendo terreno, primero dejó de ir sola a los sitios, subir en autobuses, trenes por último dejó de conducir. Recluida en su casa, muerta en vida, así se sentía. Fue al médico que le recetó una medicación, ella se la tomaba disciplinadamente; no mejoró. Los ataques seguían sucediéndose en cuanto intentaba exponerse a la vida normal.
Cuando empezó a trabajar con aquel psicólogo lo hizo por su familia, ella había perdido la esperanza, demasiadas horas de desesperación, frustración y enfado. Trabajo, esfuerzo y coraje esas fueron las palabras que le dijo su psicólogo, era aquello lo que le ayudaría a salir del pozo en el que estaba.
Poco a poco vinieron las tareas que, gradualmente, la iban exponiendo a sus temores más profundos; llegaron las sesiones en las que tuvo que comprender lo que nadie se había molestado en contarle. Supo lo que le estaba pasando, cómo se inició y como se mantenía el monstruo interior que la tenía prisionera.
Miraba al cielo azul y respiraba de la manera que le habían enseñado, ahora entendía lo del coraje, tenía que empezar su tarea diaria. Como el que tiene que aprender a andar después de una larga permanencia en una silla de ruedas, así se sentía ella. Lo que era normal para todo el mundo, lo que antes lo era para ella: salir a la calle, andar por ella, sin sentir que el suelo se abría bajo sus pies. Paso a paso se iba abriendo camino entre la gente, sabía que tenía que ir conquistando palmo a palmo el terreno perdido, ya estaba cerca de la primera esquina, después vendrían tres más, en cada una de ellas se tendría que parar, mirar atrás y seguir adelante. Desde la otra acera le llegó el saludo de su amiga que, maletín en mano se introducía en un taxi.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Destellos...

Destellos.
Y DIJO UNA MUJER: Háblanos del Dolor.
Y él respondió:
Vuestro dolor es la fractura de la cáscara que
envuelve vuestro entendimiento.
Así como el hueso del fruto debe quebrarse para
que su corazón se exponga al sol, así debéis conocer el
dolor.
Si vuestro corazón pudiese vivir siempre deslumbrado
ante el milagro cotidiano, vuestro dolor no
os parecería menos maravilloso que vuestra alegría.
Y aceptaríais las estaciones de vuestro corazón, como
siempre habéis aceptado las estaciones que experimentan
vuestros campos.
Y contemplaríais serenamente los inviernos de
vuestra aflicción.
Gran parte de vuestro sufrimiento es por vosotros
mismos escogido.
El profeta
GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
Cuando llegaron no había nada que hacer, aquel pobre tipo yacía inanimado en aquel descampado, le habían dado una buena paliza. Probablemente uno de los golpes había provocado una hemorragia interna. Miró a sus compañeros y les hizo una seña. Se quedó unos instantes mirando el cuerpo, en su cara había una extraña expresión. Estaba acostumbrado a ver las distintas caras de la muerte. El turno acababa de empezar y no lo había hecho especialmente bien. Después de un rato en el que hablaron con la policía que había llegado un poco después que ellos se montaron en la ambulancia y se marcharon.
Llevaba varios años en este trabajo, al principio pensaba que los compañeros que decían estar quemados eran unos blandos, él no se sentía así, pero los años habían pasado, muchas horas en este trabajo que, en ocasiones, era lo más parecido a una montaña rusa. El dolor ajeno te va marcando, lentamente al principio, luego cada cara te deja una marca en tu cerebro, al menos era lo que él sentía.
Desde que había acabado la carrera de enfermería lo había tenido claro, el trabajo que le gustaba era de calle, de contacto con lo extremo, allí donde podría sentirse más útil.
Antonio, el conductor bromeaba en la lejanía, sumido en sus pensamientos se sentía a mil kilómetros de allí; en los últimos tiempos le habían dicho varias compañeros que le notaban extraño, la verdad es que no estaba pasando por sus mejores momentos. Sentía un malestar que en ocasiones llegaba a ser físico, no acababa de desconectar, cuando se marchaba a su casa las escenas que, en otro tiempo, no le afectaban le rondaban la cabeza, le taladraban su cerebro como una broca.
Otra llamada, algo se tensó dentro de su interior, un accidente múltiple, la ambulancia dio un tirón fruto de la aceleración, podía ver las caras de los conductores que se apartaban al sentir como se acercaban, de forma experta el conductor sorteaba los vehículos, lo miró atentamente, era la imagen de la concentración. Una larga retención, al fondo una columna de humo negro, otro acelerón, un conductor despistado que se cruza y el juramento seguido del frenazo. Llegaron y salieron a todo correr de la ambulancia, había tres coches implicados, uno de ellos estaba ardiendo, unos conductores intentaban con poco éxito apagar el fuego con unos extintores de bolsillo, el fuego devoraba el vehículo. Rápidamente se repartieron para valorar la situación, la peor parte se la había llevado un coche de color rojo, imposible saber que marca era, dentro, el conductor, entre los amasijos de hierros retorcidos estaba completamente inmóvil, detrás una niña de unos diez años, atrapada, tenía los ojos muy abiertos, estaba atrapada de tal manera que su cabeza miraba al techo del vehículo, no paraba de llamar a su padre, era imposible que pudiera verlo. Se Su compañero se acercó al padre y le hizo una señal negativa, él se encargo de la niña, de cintura para abajo estaba atrapada y una gran mancha de sangre se extendía por sus piernas. Lo primero era estabilizarla, mientras trabajaba, le hablaba, intentaba tranquilizarla, no le gustaba como pintaba, deseó que llegaran los bomberos para excarcelarla, era muy difícil trabajar en la postura en la que estaba. La niña, ahora sólo susurraba algo ininteligible, empeoraba, no le quedaba mucho tiempo si no era atendida de otra manera. Se oyó una explosión y un gran destello le cegó momentáneamente, oyó como le decían que saliera del coche, tenía una posición extraña, metido en la parte de detrás de lo que fuera el habitáculo, su cara estaba muy cerca de la de la niña. Abrió los ojos y le dijo: “tengo miedo, papá no contesta, no me dejes ¿vale?”, lo dijo muy bajito; los gritos, el humo que les hacía toser, su pequeña mano en la suya. Va a explotar, pensó, esto va explotar, eso era lo que los gritos decían, estaba muy lejos de los de fuera, muy lejos, allí, en aquel lugar del mundo todo lo que tenía sentido era aquella pequeña mano en la suya, sintió el calor, el fuego que no podía ver había llegado, miró de reojo hacia fuera y pudo ver a través de las llamas a sus compañeros que, desesperados, le gritaban algo que ya no podía escuchar. Supo que no saldría vivo de allí.
- No me dejes sola.
- No me iré de aquí preciosa, no me iré.
Una llamarada se elevó por encima de las cabezas de los que miraban la escena aterrorizados, sus compañeros se miraron impotentes mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Sed felices o, al menos, intentadlo...
jueves, 11 de noviembre de 2010
Algo bueno

Algo bueno.
Hay principios eternos que no admiten compromiso, y el hombre debe estar dispuesto a sacrificar su vida en defensa de esos principios
M. Gandhi
Se notaba inquieto, no había tenido una buena noche, se dirigía a casa de un colega que pasaba por buenos momentos en cuanto al dinero, al menos mejores que él. Le pediría un poco de pasta para poder pillar algo que le calmara. Llevaba muchos años metido en esto, se daba cuenta, en los momentos de mayor lucidez, de que su vida se iba disolviendo, muchos del barrio habían muerto, con resignación se plegaba a la dictadura de la droga.
No vio las piernas estiradas de la chica que miraba al cielo, al tropezar la miró, ¡qué tía más guapa! Ella no llegó a ver su sonrisa, mejor dicho la mueca que amablemente esbozó a modo de disculpa, era tan rápido el paso que llevaba.
Al salir de aquella plaza se dirigió a los suburbios, allí donde se podía comprar un poco de felicidad. Cuando iba cruzando un descampado oyó unos gritos, eso no le inquietó lo más mínimo, si algo se oían por esos lugares eran gritos y broncas. Siguió con su paso rápido, los hombros hundidos, las manos metidas en lo profundo de sus bolsillos, su ropa le quedaba muy grande, cada vez más delgado, más demacrado, nadie podría decir que no había llegado a los treinta años. Los gritos, esta vez, llamaron su atención, había algo en ellos que les hacía distintos. Se fijó bien, acercándose un poco y alejándose de su ruta, algo le decía en su interior que se quitara del medio, si algo había aprendido es que cada cual se apañara como pudiera.
La chica no dejaba de gritar, tendría unos 16 años, la camiseta la tenía subida y le tapaba parte de la boca, dejando los pechos al aire, tres chicos encima de ella, estaba encima de unos cartones, dos de ellos la aguantaban mientras jaleaban al tercero que intentaba, sin mucho éxito, penetrarla, podía oir lo que decían: “estate quieta puta, esto es lo que querías ¿no?, ahora te estás quieta hasta que acabemos”.
Cuando se dio cuenta iba corriendo hacia ellos, había cogido un palo del suelo, empezó a gritarles, ellos, al verse sorprendidos se volvieron a ver qué pasaba, cuando se dieron cuenta él ya estaba encima, al que estaba echado sobre ella le dio un palo en la espalda, el grito fue desgarrador, se había curtido en muchas peleas, sabía donde tenía que dar. La chica quedó libre por unos instantes que aprovechó para salir corriendo en silencio, simplemente se escabulló, mientras corría pudo ver como sus tres asquerosos compañeros de instituto se liaban a golpes con su salvador, miró atrás sin dejar de correr.
Cuando dejó de moverse lo dejaron, se miraron a la cara los tres y, sin mediar palabra, salieron disparados, cada uno en una dirección diferente, como si no quisieran saber nada uno de otro.
Estaba tumbado boca arriba, una especie de sopor le estaba embargando, era como otras veces en las que la droga le hacía volar a lugares tranquilos, se acordó de su madre, siempre intentó ayudarle, salir de aquello en lo que un día se metió. Tomó conciencia de que si cerraba los ojos, quizás no los abriría más, intentaba no cerrarlos pero la sangre enturbiaba su mirada, en aquel descampado sabía que nadie lo encontraría, al menos vivo. Se sentía sereno, no sentía las piernas, casi no sentía nada. Pensó que su vida había sido un desastre pero, al menos, había hecho algo bueno al final de ella.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Historia de un sueño...
Interrumpo los relatos para reproducir, con su permiso, una entrada en el diario de campo de Tureya...
