jueves, 11 de noviembre de 2010

Algo bueno


Algo bueno.

Hay principios eternos que no admiten compromiso, y el hombre debe estar dis­puesto a sacrificar su vida en defensa de esos principios

M. Gandhi

Se notaba inquieto, no había tenido una buena noche, se dirigía a casa de un colega que pasaba por buenos momentos en cuanto al dinero, al menos mejores que él. Le pediría un poco de pasta para poder pillar algo que le calmara. Llevaba muchos años metido en esto, se daba cuenta, en los momentos de mayor lucidez, de que su vida se iba disolviendo, muchos del barrio habían muerto, con resignación se plegaba a la dictadura de la droga.

No vio las piernas estiradas de la chica que miraba al cielo, al tropezar la miró, ¡qué tía más guapa! Ella no llegó a ver su sonrisa, mejor dicho la mueca que amablemente esbozó a modo de disculpa, era tan rápido el paso que llevaba.

Al salir de aquella plaza se dirigió a los suburbios, allí donde se podía comprar un poco de felicidad. Cuando iba cruzando un descampado oyó unos gritos, eso no le inquietó lo más mínimo, si algo se oían por esos lugares eran gritos y broncas. Siguió con su paso rápido, los hombros hundidos, las manos metidas en lo profundo de sus bolsillos, su ropa le quedaba muy grande, cada vez más delgado, más demacrado, nadie podría decir que no había llegado a los treinta años. Los gritos, esta vez, llamaron su atención, había algo en ellos que les hacía distintos. Se fijó bien, acercándose un poco y alejándose de su ruta, algo le decía en su interior que se quitara del medio, si algo había aprendido es que cada cual se apañara como pudiera.

La chica no dejaba de gritar, tendría unos 16 años, la camiseta la tenía subida y le tapaba parte de la boca, dejando los pechos al aire, tres chicos encima de ella, estaba encima de unos cartones, dos de ellos la aguantaban mientras jaleaban al tercero que intentaba, sin mucho éxito, penetrarla, podía oir lo que decían: “estate quieta puta, esto es lo que querías ¿no?, ahora te estás quieta hasta que acabemos”.

Cuando se dio cuenta iba corriendo hacia ellos, había cogido un palo del suelo, empezó a gritarles, ellos, al verse sorprendidos se volvieron a ver qué pasaba, cuando se dieron cuenta él ya estaba encima, al que estaba echado sobre ella le dio un palo en la espalda, el grito fue desgarrador, se había curtido en muchas peleas, sabía donde tenía que dar. La chica quedó libre por unos instantes que aprovechó para salir corriendo en silencio, simplemente se escabulló, mientras corría pudo ver como sus tres asquerosos compañeros de instituto se liaban a golpes con su salvador, miró atrás sin dejar de correr.

Cuando dejó de moverse lo dejaron, se miraron a la cara los tres y, sin mediar palabra, salieron disparados, cada uno en una dirección diferente, como si no quisieran saber nada uno de otro.

Estaba tumbado boca arriba, una especie de sopor le estaba embargando, era como otras veces en las que la droga le hacía volar a lugares tranquilos, se acordó de su madre, siempre intentó ayudarle, salir de aquello en lo que un día se metió. Tomó conciencia de que si cerraba los ojos, quizás no los abriría más, intentaba no cerrarlos pero la sangre enturbiaba su mirada, en aquel descampado sabía que nadie lo encontraría, al menos vivo. Se sentía sereno, no sentía las piernas, casi no sentía nada. Pensó que su vida había sido un desastre pero, al menos, había hecho algo bueno al final de ella.

Hacía mucho tiempo que no veía un cielo tan bonito. Sus pulmones se llenaron de aire, los ojos se le llenaron de azul justo antes de cerrarse.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

2 comentarios:

  1. Nunca debemos juzgar a los demás.
    Los cielos azules pueden aparecer en cualquier momento.
    Ah! y la felicidad está en uno.
    Un abrazo

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  2. cada vida es una historia irrepetible

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